Ojalá encuentren aquí un pedazo de Cuba, de su alma y de su gente... un poco de Matanzas, y un poco de mí

lunes, 21 de marzo de 2011

Las guerras que olvidamos

Si los seres humanos olvidáramos menos, el mundo sería un lugar mejor. Si quedaran en nuestra memoria los horrores de antaño o si se pudiera heredar el odio a las guerras que pasaron, tal vez la paz dejaría de ser un sueño.

Al repasar la historia de la humanidad, duele entender que hemos estado en guerra casi desde que nacimos como especie. Las guerras son una consecuencia lógica de la competencia, de la lucha por los recursos y los territorios.
Los animales que nos preceden en la cadena evolutiva también tienen sus guerras. Pero qué limpias e inteligentes son, y qué sanos los motivos que las impulsan. Uno sobre todo: la supervivencia.

Nuestras guerras son diferentes. No las mueve el derecho a luchar por la vida; las mueve la ambición desmedida de unos pocos que quieren tener las riquezas de todos.

Nuestras guerras de hoy son sucias e indignas. Guerras de rapiña movidas por intereses económicos, sobre todo por la posesión del petróleo. Guerras movidas por una sed insaciable de poder mundial.

Las guerras solo se justifican en alguna medida cuando nacen para acabar con injusticias, cuando surgen de los oprimidos, cuando son un arma de defensa. Cuando no, las guerras solo destruyen y atrasan.

La humanidad no acaba de aprender. Seguimos llorando a nuestros muertos de todas las guerras, les levantamos monumentos y les llevamos flores. Convocamos a simposios, escribimos libros, y no acabamos de entender.

Nos lamentamos de la segunda guerra mundial, del facismo alemán, de las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki, o de la invasión a Viet Nam. Frescas en el tiempo tenemos las guerras en Afganistán e Iraq...

Y ahora la OTAN se lanza sobre Libia. Una ONU que debía salvar al mundo de las guerras, las aprueba. Una ONU que debía ser imparcial, es manipulada y comprada.

El mundo anda mal, y en vez de salvarlo, nos peleamos. Es una pena que el siglo 21 nos traiga desgracias naturales y nosotros les sumemos más guerras. Es una pena que se gasten millones en armas, y no en alimentos o medicinas.

Es una pena que solo nos acordemos de la historia cuando conviene; que no hayamos aprendido de todas nuestras guerras anteriores; que no entendamos que cada país que se destruye, cada cultura que desaparece y cada ser humano que muere nos rebaja como especie.

Es tiempo de recordar, de volver a repasar nuestras guerras y entender que solo la paz y el amor aportan y humanizan. Las guerras nos degradan.
  

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