Ojalá encuentren aquí un pedazo de Cuba, de su alma y de su gente... un poco de Matanzas, y un poco de mí
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viernes, 14 de marzo de 2014

El periodismo se coló en mi vida y la domina

Haciendo un reportaje sobre las Cuevas de Bellamar
No recuerdo bien cuándo decidí que iba a ser periodista. Hablar, siempre hablé como una cotorra, desde chiquita; leer ha sido una necesidad vital desde que aprendí a hacerlo y escribir, lo mismo o más.

En el arte de ensartar letras y palabras pasé por todas las facetas, desde los versos cursis, los cuentos de hadas y el diario personal, hasta que llegué al periodismo y empecé a tejer, más menos con decencia, noticias, crónicas, comentarios, entrevistas y reportajes…

Pero antes esta guajirita de Cuatro Esquinas* solo quería ser campesina, como mis abuelos, mis paradigmas. Sembrar, cuidar los animales y la casa, correr libre por entre las vacas y los chivos, montar el caballo Tondique y tener un jardín lleno de flores y una arboleda repleta de frutas fueron mis primeros sueños. Fui tan feliz en mi niñez que soñaba con ser niña siempre.

sábado, 18 de mayo de 2013

La niña campesina que nunca me abandona

Yo me crié en el campo. Y cuando digo campo, es campo campo. Los primeros cinco años de mi vida fui una niña “cerrera”, como diría mi abuela; de esas que no quieren saludar a las visitas y les hacen pasar mil penas a sus padres cuando les sacan a pasear.

Mis contactos humanos más constantes eran mis abuelos paternos, ambos campesinos, que no habían llegado al sexto grado ninguno de los dos. Eso sí, con una educación, corrección al hablar, modales y sabiduría que ya querrían tener muchos de los universitarios de hoy.

Crecí en una finca cercada de piña de ratón y repleta de todos los sueños que un niño puede desear: La Esperanza, la finca de mi abuelo Juan; en una casa de tablas con techo de cartón negro, que cuando hacía mucho calor no había quien estuviera debajo.

viernes, 29 de octubre de 2010

Camilo: mi primera escuela

Camilo Cienfuegos es el nombre de mi primera escuela. Fue ahí donde conocí a los padres del héroe, que invitados por Ramona, aquella directora dura pero insustituible, llegaron en dos ocasiones cuando yo era una “bejiga”.

Ya estaban viejitos, pero era un orgullo tenerlos tan cerca y que nos contaran cómo era Camilo de niño. A pesar de mi ingenuidad, me preguntaba, cómo con tantas escuelas que se llamaban igual en el país, ellos venían a la mía.